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Niki Lauda y el accidente que confirmó su miedo

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Niki Lauda, campeón del mundo con Ferrari, sufrió el 1 de agosto de 1976 un accidente en llamas en la Nordschleife de Nürburgring tras un fallo material en su Ferrari 312T2 y solo sobrevivió gracias a la intervención inmediata de varios pilotos, antes de regresar a un coche de Fórmula 1 apenas 42 días después.

El accidente confirmó de la forma más brutal una preocupación que Lauda ya había expresado antes de la carrera. La pista de 22,8 kilómetros llevaba tiempo bajo crítica pese a unas obras de seguridad valoradas en 17 millones de marcos, porque la evolución técnica de los Fórmula 1 ya había dejado atrás esas mejoras. Tras Long Beach, cinco pilotos votaron si debía correrse allí y el resultado fue 3-2 a favor de competir. Lauda quedó en minoría junto a Emerson Fittipaldi.

Esa oposición no significaba desprecio por el trazado. En una entrevista de aniversario, Lauda recordó que la Nordschleife era para ellos “el mayor desafío, la pista más brutal que se podía conducir” y que dominar un coche allí al límite era “la coronación”. También admitió el peaje mental de aquella época: eran “jóvenes y tontos” y habían apartado “la muerte y el peligro”.

La mañana de la carrera volvió a llover y la elección de neumáticos condicionó el inicio. Jochen Mass salió con slicks mientras el resto, según recordó Lauda, apostó por gomas de lluvia. El austriaco, que partía desde la pole, perdió posiciones y entró al final de la primera vuelta para cambiar ruedas. A partir de ahí desaparece su memoria. Él mismo explicó después que no recordaba nada desde la salida del pit lane hasta el accidente, unos diez kilómetros más tarde.

El choque llegó en Bergwerk, un viraje rapidísimo que Lauda describía como una curva normal a fondo, “nada peligroso”. Más tarde supo por el jefe de mecánicos de Ferrari, Ermanno Cuoghi, que se había roto el punto de anclaje del brazo longitudinal trasero derecho. Según el propio relato de Lauda, esa pieza de magnesio se arrancó, la rueda trasera derecha se plegó y el Ferrari se descontroló, golpeó contra la protección, volvió a la pista y se incendió mientras otros coches también impactaban contra el monoplaza.

La respuesta decisiva no llegó primero desde el circuito, sino desde otros pilotos. Arturo Merzario, Guy Edwards, Harald Ertl y Brett Lunger salieron de sus propios coches y acudieron al Ferrari en llamas antes de que intervinieran los comisarios. Edwards logró esquivar el coche y corrió a advertir del peligro; Lunger, que había chocado con el Ferrari, salió de su Surtees y se sumó al rescate; Ertl tomó un extintor y descargó su contenido sobre el fuego; y Merzario metió las manos en el habitáculo hasta liberar a Lauda. Entre todos lograron sacarlo en menos de un minuto.

Lauda sufrió graves quemaduras en la cabeza y fracturas. Las secuelas lo acompañaron el resto de su vida, con cicatrices visibles y la pérdida de parte de una oreja. También explicó después que el accidente en sí no fue lo peor, sino el miedo posterior, el fuego y la lucha por sobrevivir.

Su respuesta fue volver cuanto antes. Reapareció en Monza solo 42 días después porque entendía que regresar al coche aceleraría su recuperación mental. Años más tarde reconoció que su “disposición ilimitada al riesgo” quedó algo reducida durante “tres o cuatro carreras”, pero solo por un tiempo breve. En 1977 volvió a ser campeón del mundo, cerrando el mayor cambio que provocó Nürburgring: no solo marcó su cuerpo para siempre, también confirmó que la Nordschleife ya había dejado de poder seguir el ritmo de la Fórmula 1.

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