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Gilles Villeneuve, entre mito y olvido en Montreal

El regreso de la Fórmula 1 a Montreal, con el Gran Premio de Canadá adelantado a mayo, ha devuelto al primer plano una pregunta incómoda para el paddock: cuánto queda vivo del legado de Gilles Villeneuve más allá del circuito que lleva su nombre y del aura mítica que todavía rodea al canadiense.

La cuestión gana fuerza en el propio escenario de su memoria. Villeneuve ganó allí el primer Gran Premio de Fórmula 1 disputado en Montreal, el 8 de octubre de 1978, en una carrera bajo la lluvia y con una temperatura que no superó los cinco grados, una marca que sigue presentada como la carrera más fría de la historia. Décadas después, su figura sigue presidiendo el fin de semana canadiense, pero varios pilotos actuales admiten que ese legado ya no llega intacto a todas las generaciones.

Charles Leclerc, piloto de Ferrari, resumió bien esa mezcla de admiración y distancia. Lo definió como “un icono” y “un modelo de su tiempo”, pero añadió que “probablemente no ha dejado el mismo legado que Senna en nuestra generación” y que “habría merecido más reconocimiento”. La valoración de Leclerc sitúa a Villeneuve en un lugar singular: una referencia histórica indiscutible, aunque menos presente en la memoria colectiva de los pilotos y aficionados más jóvenes.

Pierre Gasly, piloto de Alpine, fue aún más directo al advertir que Villeneuve puede ser “de una época olvidada para nuestra generación”. Gasly explicó que conoció su figura por lo que le contaba su padre y recordó las imágenes de Dijon, “los dos, rueda con rueda”, aunque sugirió que la escasez de imágenes de aquella época ha contribuido a esa pérdida de presencia. Incluso al hablar de un nombre tan asociado a Canadá y a Ferrari, el reconocimiento actual parece depender muchas veces de la transmisión familiar o del archivo.

Esa distancia entre mito público y herencia personal también ha marcado durante años la relación de Jacques Villeneuve con la figura de su padre. En L’Équipe explicó por qué evitó hablar durante mucho tiempo sobre Gilles: “No corría por mi padre, corría por mí”. También dejó claro que no quería hacerlo “en su sombra o contra él”. Cuando por fin aceptó definir lo que para él significa ese apellido, lo hizo en términos puramente de pilotaje: “El legado Villeneuve” es “ir rápido, tomar riesgos pero siempre respetando las reglas”.

Jacques también explicó que el peso del apellido no fue fácil al comienzo, porque de él se esperaban resultados desde el principio, pero aseguró que esa presión le enseñó a competir con exigencia desde muy pronto. Su lectura del legado familiar se aparta así del simple homenaje sentimental y lo convierte en una forma de entender la competición: buscar el límite para ganar, pero con fair play.

En el paddock actual, el retrato de Gilles sigue siendo el de una figura excepcional. Lance Stroll, piloto de Aston Martin, lo calificó como “uno de los pilotos más valientes de la historia” en coches “ultrapeligrosos”, y sostuvo que “todo en él conduce al mito”, desde su carrera hasta el camino que siguió para llegar a la Fórmula 1. Lewis Hamilton, piloto de Ferrari, dijo conocer bien aquella época por su cercanía con Niki Lauda, y aunque admitió no haber seguido directamente la trayectoria de Gilles, remató entre risas con una frase que resume el peso que todavía conserva su nombre: “Gilles era mucho mejor que su hijo”.

Villeneuve murió en la clasificación del Gran Premio de Bélgica de 1982 y nunca fue campeón del mundo, pero el debate que reaparece cada vez que la Fórmula 1 vuelve a Montreal muestra que su lugar en la historia no depende de una estadística. Depende de que, entre la memoria viva y el olvido generacional, su nombre todavía obliga al paddock a preguntarse qué significa realmente dejar huella en este deporte.