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Gilles Villeneuve: 44 años de una herida abierta

Gilles Villeneuve murió en Zolder el 8 de mayo de 1982, hace 44 años, en un accidente mientras buscaba la pole con Ferrari en un fin de semana todavía marcado por la herida de Imola y su ruptura con Didier Pironi.

Aquel sábado en Bélgica, Villeneuve rodaba a fondo cuando no advirtió que Jochen Mass estaba justo delante. Al alcanzarlo, “las ruedas de los dos coches se engancharon”, según el relato retrospectivo de aquel Gran Premio, y el Ferrari salió despedido por el aire antes de caer casi de morro. El coche perdió la parte delantera y el impacto resultó fatal. Dos semanas antes, en San Marino, se había abierto una grieta que convirtió Zolder en algo más que otra sesión de clasificación.

En Imola, con unos 15 giros por disputar, la retirada de René Arnoux dejó a los dos Ferrari al frente. Desde el muro llegó por la pizarra la orden de reducir el ritmo para proteger un V6 turbo frágil. Villeneuve interpretó aquel mensaje como una instrucción de mantener posiciones. Pironi no lo hizo. Le adelantó y ganó la carrera, mientras el canadiense entendía que su compañero solo estaba escenificando una pelea antes de devolverle la posición. Cuando comprendió que no sería así, juró que no volvería a hablar con él.

Esa lectura de la traición es central en la memoria de aquellos días. Joann Villeneuve, viuda del piloto, explicó en una entrevista por el aniversario de Zolder que su marido era “muy leal” y que en 1979 había respetado sin dudar su pacto con Jody Scheckter. Por eso, dijo, el golpe de Imola fue tan profundo: “Para Gilles, un apretón de manos tenía el mismo valor que una firma”.

La tensión no había desaparecido al llegar a Zolder. En una columna retrospectiva escrita por un periodista que convivió con él en aquel periodo, Villeneuve aparecía ya alterado por el ambiente posterior a Imola. El viernes de ese fin de semana aseguraba que no se sentía tenso, pero admitía que todo era “diferente” porque hasta entonces la atmósfera interna en Ferrari había sido fácil y después de Imola ya no podía serlo.

Ese contexto ayuda a explicar por qué su figura sigue viva mucho más allá de que nunca ganara el Mundial. Su leyenda no se sostiene en un palmarés, sino en una forma de correr y de entender el oficio. En Zolder 1978, el propio Villeneuve resumía su relación con el peligro de forma brutal: “No tengo ningún miedo a un accidente”. Y llevaba la idea aún más lejos: “Si crees que te puede pasar, ¿cómo puedes hacer bien este trabajo?”.

No era una pose. En esa misma reflexión sobre su carrera defendía que jamás había corrido conservando y que no entendía a quienes aceptaban ir por debajo del límite. “Creo que puedo decir honestamente que nunca he corrido conservando en mi carrera, y estoy orgulloso de ello”, afirmaba. También veía el espectáculo como una obligación profesional: “Nunca olvido que tenemos una responsabilidad con los aficionados”.

Ahí está el corazón de su mito. Villeneuve fue el piloto del riesgo absoluto, pero también de la palabra dada. Esa combinación quedó fijada para siempre entre Imola y Zolder: primero la sensación de haber sido engañado por su compañero, luego el último intento llevado hasta el extremo. El recuerdo de su duelo de 1979 con René Arnoux en Dijon sigue siendo una de las imágenes más emocionales de la Fórmula 1, pero su vigencia nace de algo más amplio: de haber encarnado una manera de competir que hoy parece irrepetible.

Joann Villeneuve admitió que no esperaba que, tantas décadas después, su marido siguiera siendo tan querido y dijo que le resulta “realmente conmovedor”. A su juicio, la vida de Gilles “tuvo un gran impacto en la gente” y sigue inspirando a nuevas generaciones. Esa permanencia explica por qué Zolder no se recuerda solo como el lugar de su muerte, sino como el punto en que quedó sellada una leyenda que aún define lo que muchos entienden por un piloto de carreras.