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Schumacher y su obra maestra bajo la lluvia en 1996

Michael Schumacher firmó el 2 de junio de 1996 en el Circuit de Barcelona-Catalunya una de las mayores exhibiciones en mojado que ha visto la Fórmula 1: remontó una salida fallida, ganó el GP de España por 45,3 segundos y le dio a Ferrari su primera victoria con él al volante con un F310 que no era, ni de lejos, un coche dominante.

La dimensión de aquella actuación se entiende por el material que tenía entre manos. El Ferrari F310, nacido en plena reconstrucción de Maranello bajo la dirección de Jean Todt, con diseño de John Barnard y el paso del V12 al nuevo V10, arrastraba problemas de concepto y fiabilidad. Eddie Irvine, su compañero de equipo, recordaría años después que Ferrari lo había hecho “simplemente mal” y que, salvo el Jaguar R2, era el peor coche que había pilotado. Schumacher tampoco estaba encantado con él y lo apodó “el paracaídas” por su elevada resistencia aerodinámica.

En seco, el panorama previo era el esperado. Los Williams-Renault de Damon Hill y Jacques Villeneuve coparon la primera fila y Schumacher solo pudo ser tercero, a más de medio segundo de cabeza. Él mismo admitió después de la clasificación que nunca sintió que pudiera luchar por la pole y que había sacado “el máximo absoluto” del coche.

Todo cambió con la lluvia torrencial del domingo. Se llegó a hablar incluso de arrancar tras el coche de seguridad, pero la carrera comenzó con salida parada sobre una pista completamente empapada. Schumacher sufrió un problema de embrague y cayó del tercer al séptimo puesto entre una nube de spray en la que la visibilidad era casi nula, en unos primeros compases caóticos que dejaron fuera a cinco coches.

Lejos de quedar atrapado, empezó ahí su recital. Fue recuperando terreno vuelta a vuelta, pasó a Hill mientras el líder del campeonato ya peleaba por mantener el Williams en pista, superó después a Gerhard Berger y se fue encima de Villeneuve y Jean Alesi. Para la vuelta 12 ya estaba en cabeza.

Desde ese momento, la carrera dejó de ser una lucha y pasó a ser una demostración. Schumacher abrió hueco a un ritmo que nadie pudo seguir y dejó la vuelta rápida en 1:45.517, un registro 2,2 segundos más veloz que la mejor vuelta de cualquier otro piloto en toda la carrera de 65 giros. Detrás, la pista seguía cobrando víctimas: Hill acabó contra el muro del pit lane, mientras Berger, Johnny Herbert y Eddie Irvine también sucumbieron a unas condiciones traicioneras.

Ni siquiera los problemas mecánicos lograron frenarle. Hacia la mitad de la prueba, el V10 del Ferrari empezó a fallar y Schumacher explicó después que pilotó “prácticamente con un motor de ocho o nueve cilindros”. Eso le dejaba “muchísima menos potencia” y le hacía perder “unos 10 km/h en las rectas”, pero su margen ya era tan grande que Ferrari pudo pedirle que bajara el ritmo para asegurar la llegada.

Schumacher cruzó la meta con 45,3 segundos de ventaja sobre el Benetton de Jean Alesi, mientras Villeneuve terminó tercero otros tres segundos más atrás. Solo seis de los 20 coches que tomaron la salida vieron la bandera a cuadros, y todos los demás clasificados acabaron al menos una vuelta por detrás.

Jean Todt, entonces jefe del equipo Ferrari, calificó aquella actuación de “increíble”. Irvine fue todavía más lejos al definirla como “la mayor actuación de la historia de la Fórmula 1”, una valoración que encaja con una victoria que convirtió el primer triunfo de Schumacher con la Scuderia en una declaración rotunda de por qué Ferrari lo había elegido para cambiar su destino.